dijous, 29 d’octubre del 2026

CLUB DE LECTURA DE ALUMNOS

                                                      

                                              !Cuando el juego deja de ser un juego:

                                                           La soga de Silvina Ocampo!

 

 

El viernes pasado 23 de octubre, en nuestro club de lectura, seguimos explorando el miedo con La soga de Silvina Ocampo, un relato que comienza como un juego infantil y termina de una forma inesperada.
Toñito convierte una vieja soga en su compañera inseparable, hasta el punto de ponerle nombre y dormir con ella. Pero ¿dónde termina el juego y empieza lo fantástico? Durante la tertulia, surgió una idea interesante: la soga se comportaba según lo hacía Toñito, como si fuera una prolongación de él mismo. ¿Y si Prímula fuera un reflejo de su dueño?
También hablamos de cómo Toñito acaba confiando tanto en ella que deja de percibir el peligro. Y entonces llega el desenlace… ¡Menuda sorpresa!
¿Había cobrado vida o era todo fruto de la imaginación? Como siempre, compartir nuestras interpretaciones nos ayuda a descubrir nuevas formas de mirar una misma historia.

A CONTINUACIÓN OS DEJAMOS EL TEXTO:

 

La soga

de Silvina Ocampo

A Antoñito López le gustaban los juegos peligrosos: subir por la escalera de mano del

tanque de agua, tirarse por el tragaluz del techo de la casa, encender papeles en la

chimenea. Esos juegos lo entretuvieron hasta que descubrió la soga, la soga vieja que

servía otrora para atar los baúles, para subir los baldes del fondo del aljibe y, en

definitiva, para cualquier cosa; sí, los juegos lo entretuvieron hasta que la soga cayó en

sus manos. Todo un año, de su vida de siete años, Antoñito había esperado que le

dieran la soga; ahora podía hacer con ella lo que quisiera. Primeramente hizo una

hamaca colgada de un árbol, después un arnés para el caballo, después una liana para

bajar de los árboles, después un salvavidas, después una horca para los reos, después

un pasamano, finalmente una serpiente. Tirándola con fuerza hacia delante, la soga se

retorcía y se volvía con la cabeza hacia atrás, con ímpetu, como dispuesta a morder. A

veces subía detrás de Toñito las escaleras, trepaba a los árboles, se acurrucaba en los

bancos. Toñito siempre tenía cuidado de evitar que la soga lo tocara; era parte del

juego. Yo lo vi llamar a la soga, como quien llama a un perro, y la soga se le acercaba,

a regañadientes, al principio, luego, poco a poco, obedientemente. Con tanta maestría

Antoñito lanzaba la soga y le daba aquel movimiento de serpiente maligna y retorcida

que los dos hubieran podido trabajar en un circo. Nadie le decía: “Toñito, no juegues

con la soga.”


La soga parecía tranquila cuando dormía sobre la mesa o en el suelo. Nadie la hubiera

creído capaz de ahorcar a nadie. Con el tiempo se volvió más flexible y oscura, casi

verde y, por último, un poco viscosa y desagradable, en mi opinión. El gato no se le

acercaba y a veces, por las mañanas, entre sus nudos, se demoraban sapos

extasiados. Habitualmente, Toñito la acariciaba antes de echarla al aire, como los

discóbolos o lanzadores de jabalinas, ya no necesitaba prestar atención a sus

movimientos: sola, se hubiera dicho, la soga saltaba de sus manos para lanzarse hacia

delante, para retorcerse mejor.


Si alguien le pedía: “Toñito, préstame la soga”, el muchacho invariablemente

contestaba: “No”. A la soga ya le había salido una lengüita, en el sito de la cabeza, que

era algo aplastada, con barba; su cola, deshilachada, parecía de dragón. Toñito quiso

ahorcar un gato con la soga. La soga se rehusó. Era buena.


¿Una soga, de qué se alimenta? ¡Hay tantas en el mundo! En los barcos, en las casas,

en las tiendas, en los museos, en todas partes... Toñito decidió que era herbívora; le dio

pasto y le dio agua. La bautizó con el nombre Prímula. Cuando lanzaba la soga, a cada

movimiento, decía: “Prímula, vamos Prímula.” Y Prímula obedecía.


Toñito tomó la costumbre de dormir con Prímula en la cama, con la precaución de

colocarle la cabecita sobre la almohada y la cola bien abajo, entre las cobijas.

Una tarde de diciembre, el sol, como una bola de fuego, brillaba en el horizonte, de

modo que todo el mundo lo miraba comparándolo con la luna, hasta el mismo Toñito,

cuando lanzaba la soga. Aquella vez la soga volvió hacia atrás con la energía de

siempre y Toñito no retrocedió. La cabeza de Prímula le golpeó el pecho y le clavó la

lengua a través de la blusa. Así murió Toñito. Yo lo vi, tendido, con los ojos abiertos. La

soga, con el flequillo despeinado, enroscada junto a él, lo velaba.

 

 















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